Las emociones son reacciones automáticas del organismo que aparecen ante diferentes situaciones o estímulos (p.ej., una discusión con alguien cercano o un recuerdo del pasado), por lo que son respuestas involuntarias que no podemos elegir experimentar.
Estas reacciones son útiles porque nos aportan información sobre el impacto que tiene en nosotros/as la situación que estamos viviendo y nos motivan a decidir cómo actuar. Por eso, no existen emociones positivas o negativas, sino agradables o desagradables: nos puede apetecer experimentarlas en mayor o menor medida, pero todas son necesarias.
Comprender cuál es la función de nuestras emociones nos ayuda a validarlas y permitirnos sentirlas, lo que facilita procesar una determinada situación.
Por ejemplo:
- La alegría nos aporta energía para disfrutar de los éxitos o sensaciones placenteras.
- La tristeza reduce nuestra energía para permitirnos procesar lo que está ocurriendo, reconstruyendo nuestros recursos.
- La ira nos informa de que una situación nos desagrada, nos parece injusta y/o deseamos un cambio, activándonos para ocuparnos de ella.
- El miedo nos avisa de posibles peligros para protegernos.
- La envidia nos informa de qué nos gustaría tener o conseguir en nuestra vida.
- La ansiedad nos activa ante posibles situaciones de amenaza (reales o subjetivas) para poder afrontarlas.
Entonces, ¿por qué algunas emociones parecen negativas?
Las emociones, en sí mismas, no son un problema: podemos sentirnos mal sin que interfieran en nuestro día a día. La dificultad aparece cuando nuestra gestión emocional limita nuestra vida o supone ciertos problemas.
Por ejemplo, sentir enfado es natural, porque nos ayuda a saber que una determinada situación no nos gusta. En esas situaciones, podemos ser conscientes de lo que nos importa y comunicárselo de manera asertiva a la otra persona para que lo tenga en cuenta.
El problema surge si, ante esa emoción, llevamos a cabo conductas que tienen una serie de consecuencias negativas (p.ej., sobrepensar lo que ha ocurrido, alimentando nuestro malestar; responder de manera agresiva en una discusión, generando un conflicto; o golpear objetos que tenemos alrededor, haciéndonos daño o rompiendo cosas).
Por tanto, el objetivo ha de ser regular nuestras emociones de manera eficaz, no evitar experimentarlas, por desagradables que resulten.
Si te cuesta gestionar tus emociones y supone un problema en tu día a día, la terapia psicológica puede ayudarte a aprender herramientas de autorregulación.